SAGRADO



Nuestra Señora del Carmen de Cuyo
Hechos históricos

La devoción a Nuestra Señora del Carmen, en la región de Cuyo, remonta a los primeros días de la conquista.
La imagen que se venera en el templo franciscano en la ciudad de Mendoza, es la misma que recibió del general San Martín el bastón de mando como distintivo de Generala del Ejército de los Andes.
San Martín prefirió la Virgen del Carmen, a quien los cuyanos profesaban tanta devoción.
Deseando elegir a la Madre de Dios con tal advocación como Patrona del Ejército de los Andes, sometió el asunto a una junta de generales y oficiales superiores y, de acuerdo con ellos, hizo declarar tal Patronazgo en el orden del día.
El 5 de enero de 1817, en vísperas de iniciar su memorable campaña, dispuso que se jurara a la vez la Patrona del Ejército y la Bandera Nacional.
De la Iglesia de San Francisco sacaron la imagen de la Patrona y la condujeron en solemne procesión hasta la Iglesia matriz.
Se bendijo la Bandera y el bastón de mando de San Martín y le puso a la Virgen su bastón en la mano derecha.

El espantoso terremoto de 1861, que destruyó la ciudad de Mendoza, sepultó entre las ruinas del templo de San Francisco la imagen de Nuestra señora del Carmen, el bastón y las banderas.
Todo se hubiera perdido si el Padre Buenaventura Ponce no hubiera ido al día siguiente a remover los escombros hasta encontrar la imagen y los objetos históricos.

Los católicos argentinos anhelaban la coronación de la Virgen del Carmen de Cuyo. Era un justo homenaje a la Soberana Señora que tan eficazmente contribuyó al feliz éxito del paso de los Andes.
La Virgen fue coronada el 8 de septiembre de 1911.

Oración a la Virgen del Carmen
Oh Virgen María, madre de Dios y de los pecadores, especial protectora de los que visten tu sagrado escapulario.
Te suplico, por lo que su Majestad te ha engrandecido escogiéndote para verdadera Madre suya, me alcances de tu querido Hijo Jesús el perdón de mis pecados, la enmienda de mi vida, la salvación de mi alma, el remedio de mis necesidades y el consuelo de mis aflicciones, si conviene para su mayor honra, y gloria y bien de mi alma; que yo, Señora, para conseguirlo, me valgo de tu intercesión poderosa, y quisiera tener el espíritu de todos los ángeles, santos y justos para alabarte dignamente; y, uniendo con sus afectos mis voces, te saludo una y mil veces, diciendo: Dios te salve, María.



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